Siempre me he considerado una persona sincera, creo que la sinceridad es la base de toda buena amistad y relación. Lejos de ser despiadada, me gusta llamar las cosas por su nombre, dentro de un contexto de buenos modales y educación. Me explico, puedo ver a una chica, por poner un ejemplo, cuyos tejanos no le sientan bien, pero, evidentemente, no le diré nada si no la conozco. Ahora, si ésta chica es mi amiga, me puedo permitir el comentario, es posible que lleve meses luciendo un tipo que no le hace justícia, por culpa de un maldito pantalón. También reconozco que he tenido épocas en que todo me ha "resbalado" más, y las palabras no han cruzado la franja de mi pensamiento. Pero últimamente, y supongo que debido a lo podrido que se encuentra todo (no creo que tenga que entrar en detalles), creo que ando un poco más tiquismiquis con según que cositas. Y, claro, esas pequeñas, pequeñitas ( vamos, que hay que mirarlas con lupa, oiga) "verdades" molestan. Es natural, de ahí tenemos el dicho "las verdades duelen". Pero me revienta el higadillo que personas que publican abiertamente, es más, divulgan, que la transparencia, claridad, franqueza tienen que ir por delante de cualquier cosa, se molesten ante mi verdad. ¿Entonces? ¿Por qué no jugamos todos a lo mismo? ¿Qué diafanedad hay en todo esto?
Y no, no se trata de saber cual es el límite de la pura verdad o no, eso cada uno lo gestiona como puede/quiere/le dejan. Se trata de no ser mojigatos.
Prediquemos con el ejemplo, coño.
martes, 12 de junio de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
La Pesca
Mi padre era un gran aficionado a la pesca, le encantaba. Cogíamos el
coche y nos íbamos a cualquier playa del Maresme a pasar el día.
Ibamos cargados de cosas: sombrilla, toallas, cubos, ropa de recambio,
la nevera con bebidas, comida, y, por supuesto, las cañas de mi padre,
pulcramente plegadas. Recuerdo que casi siempre parábamos en el pueblo
de Montgat, donde compraba cebos vivos (gusanos), a mí siempre me
daban mucho asco. Cuando ya atardecía, y la gente empezaba a
marcharse, mi padre montaba las cañas, había veces que ponía hasta 3.
Mientras tanto, mis hermanas y yo seguíamos jugando en el agua, poco
nos importaba que se estuviera marchando el sol. Cuando algún pez
gordo picaba, siempre nos gritaba para que fuéramos a verlo; en alguna
ocasión había pescado hasta pulpos, entonces... era una fiesta!!!!
Cuando nos vinimos a vivir muy cerquita de la playa, mi padre seguía
pescando, pero, sin saber por qué, poco a poco lo fue dejando. Alguna
vez le he preguntado por qué lo dejó, pero no sabe explicarme muy bien
el motivo. Yo creo que el tener el mar tan cerca, el poder acercarse
caminando cuando le apetecía, fue, precisamente, lo que le quitó
emoción. La gracia estaba en coger el coche en familia, y todo el
ritual que ello llevaba. Posiblemente irse solo era lo que no le
gustaba. Yo solo sé que nunca he comido un pescado tan rico como aquel
que sacaba mi padre de las entrañas del mar; ese día cenábamos como
aunténticos reyes.
My telephone and me
Por unos momentos deseo que no tuviéramos teléfonos móviles. Como antes, cuando solo nos llamaban a través del teléfono fijo de nuestras casas, o del trabajo, si era algo urgente. Y todo el mundo sabía igualmente que estábamos bien. No pasaba nada, ya nos dejarían un mensaje en el contestador, si es que lo había, o quizás a la vuelta, viendo el número de teléfono grabado, devolveríamos la llamada, al volver a casa. Sí, acabo de volver, estaba paseando, plácidamente por la playa... Desearía no ser interrumpido constantemente a lo largo del día, a cualquier hora. Nos hemos creado la obligación de contestar: "Te he estado llamando y no me contestabas.." a veces te dice alguien con un tono que parece molesto. Suena el teléfono móvil y parece que el mundo se tiene que parar, para algunos, de hecho, el mundo deja de rotar. Comida en grupo, siempre llega algún instante en que cada uno coge el móvil y el espectáculo es digno de fotografiar, porque parece que pudiera hasta ser contagioso. Recuerdo, hace muchos años, cuando, en el pueblo de mis abuelos no había teléfono, solo una centralita. Se recibía la llamada y una persona corría a las casas a avisar que había una llamada. Ahora somos nosotros los que corremos para cogerlo, dejando, quizás, de lado, otras cosas más importantes.
viernes, 30 de diciembre de 2011
Fin de año
Dejamos un año muy distinto a otros, al menos para mi. Un año lleno de movilizaciones, en el que hemos descubierto y nos hemos dado cuenta de la verdadera realidad que nos envuelve. Un año muy difícil para mucha más gente que otros años (quiero creer). Te planteas si al final hay más gente mala que buena, te das cuenta que te están tomando el pelo por doquier y, a pesar de que que te das cuenta, nos damos cuenta, quieren seguir tomándotelo a toda costa. Pero no, ya no se trata de eso. Se trata de que en Somalia hay un niño que cada día camina más de 5 kilómetros andando descalzo, para tirarse todo el día trabajando, limpiando pescado, a razón de 30 céntimos de euro la jornada; para alimentar a su familia, ya que el cabeza de la misma ha fallecido de una enfermedad. Y yo ,desde aqui no puedo hacer nada, ni tú, ni él, ni aquel tampoco.... Gran verdad nos dice el dicho "el que reparte se lleva la mejor parte". Dale un pez a un hombre y comerá un día; enseñalo a pescar y comerá siempre. Enséñale a robar y entonces....
Feliz año 2012.
Feliz año 2012.
martes, 29 de noviembre de 2011
Domingo de verano
Isabel se levantó muy temprano, como de costumbre. A pesar de no tener que trabajar hoy (era Domingo) no podía quedarse en la cama más rato del acostumbrado. Así que, con toda la rabia de su corazón, se tuvo que levantar.
Se dirigió a la cocina en busca de ese amargo café que le retornaba a la vida, sin él, decía, no podía vivir. Justo en el momento en que la cafetera empezó a pitar con un silbido ensordecedor, un repentino escalofrío le recorrió su bronceada espalda. Si dudar un momento supo que había alguién detrás suyo... pero nisiquiera se movió.
-Hola Pedro - dijo con verdadera calma pausada.
-Hola, veo que me has conocido - dijo una voz demasiado masculina.
-Tu aroma todavía me es inconfundible..
Silencio.
-Que tonta fui, nisiquiera me había acordado que aún guardabas unas copias de las llaves, no debiste utilizarlas. ¿A qué has venido?
-Solo quería verte. De repente, te eché de menos.
Más silencio.
- Es que... ¿no vas a decirme nada?
- No tengo que decirte nada más, Pedro. Eso lo sabes desde el mismo momento en que cerraste esa puerta.
El café ya estaba listo. Isabel apagó el fuego, y, como hacía cada mañana, se sirvió un poco en una taza debidamente apartada en el mármol, la noche anterior. El café le gustaba muy amargo, pero también muy dulce. Se procuró tres cucharillas colmadas de azucar dentro del oscuro líquido.
- ¿No me vas a ofrecer?
- ¿Café para dos? Ya no sé lo que es eso...
La paciencia se le estaba agotando.
- Te quise pintar, pero de repente se me olvidó como es tu rostro, por eso vine a verte, quiero volver a verlo, será un regalo para tí...
A Isabel se le dibujó una sonrisa burlona en el rostro, que él no pudo ver. Aún seguía de espaldas...
- Qué ironías nos gasta la vida... Yo, por más que quise olvidar tu cara, jamás pude. Pero, créeme, lo intenté con todas mis fuerzas. Ahora creo que deberías marcharte...
- Isabel, por favor, te ruego me escuches...
- No tengo que escuchar nada. Las cosas suceden como tienen que suceder, y el pasado ya no se puede cambiar. Pero yo tuve suerte, de veras que tuve muchísima suerte. Abajo, en la puerta, me estará esperando una persona que me valora por lo que soy, alguien, que como yo, es ciego, pero me ve, ¿me oyes? Sí me puede ver! ¿No es maravilloso?
La cara de Pedro palideció de repente... Y ella lo supo... Lo odiaba tanto por haberla abandonado cuando más lo necesitaba... Él la quiso en la salud, pero no en la enfermedad. Por un momento se compadeció de ella misma por haber creído que Pedro era el más valiente de todos los chicos. El siempre se había jactado de ello cuando eran novios. Pero la pena que sentía por él en aquellos momentos anulaba cualquier otro sentimiento que pudiera sentir, con creces...
Las llaves sonaron al caer contra la pequeña mesita que había en la cocina, seguido de un pequeño golpe de la puerta al cerrarse. Se había marchado. Isabel miró instintamente por la ventana de la cocina hacia la calle, como si de verdad lo estuviera viendo marchar, lentamente, con la cabeza gacha. Avanzando entre los árboles del parque... Y de repente sintió sueño. Por primera vez en tantos Domingos tenía ganas de dormir. Se tomó el último sorbo de café, y se dirigió hacia el dormitorio. Dudó un momento. No debía de haber dicho "café para dos"... ¿Le habría creído?
- Todo está bien - dijo en voz alta.
Sí, todo estaba bien. Y aquel Domingo de verano, Isabel durmió hasta mediodía.
Se dirigió a la cocina en busca de ese amargo café que le retornaba a la vida, sin él, decía, no podía vivir. Justo en el momento en que la cafetera empezó a pitar con un silbido ensordecedor, un repentino escalofrío le recorrió su bronceada espalda. Si dudar un momento supo que había alguién detrás suyo... pero nisiquiera se movió.
-Hola Pedro - dijo con verdadera calma pausada.
-Hola, veo que me has conocido - dijo una voz demasiado masculina.
-Tu aroma todavía me es inconfundible..
Silencio.
-Que tonta fui, nisiquiera me había acordado que aún guardabas unas copias de las llaves, no debiste utilizarlas. ¿A qué has venido?
-Solo quería verte. De repente, te eché de menos.
Más silencio.
- Es que... ¿no vas a decirme nada?
- No tengo que decirte nada más, Pedro. Eso lo sabes desde el mismo momento en que cerraste esa puerta.
El café ya estaba listo. Isabel apagó el fuego, y, como hacía cada mañana, se sirvió un poco en una taza debidamente apartada en el mármol, la noche anterior. El café le gustaba muy amargo, pero también muy dulce. Se procuró tres cucharillas colmadas de azucar dentro del oscuro líquido.
- ¿No me vas a ofrecer?
- ¿Café para dos? Ya no sé lo que es eso...
La paciencia se le estaba agotando.
- Te quise pintar, pero de repente se me olvidó como es tu rostro, por eso vine a verte, quiero volver a verlo, será un regalo para tí...
A Isabel se le dibujó una sonrisa burlona en el rostro, que él no pudo ver. Aún seguía de espaldas...
- Qué ironías nos gasta la vida... Yo, por más que quise olvidar tu cara, jamás pude. Pero, créeme, lo intenté con todas mis fuerzas. Ahora creo que deberías marcharte...
- Isabel, por favor, te ruego me escuches...
- No tengo que escuchar nada. Las cosas suceden como tienen que suceder, y el pasado ya no se puede cambiar. Pero yo tuve suerte, de veras que tuve muchísima suerte. Abajo, en la puerta, me estará esperando una persona que me valora por lo que soy, alguien, que como yo, es ciego, pero me ve, ¿me oyes? Sí me puede ver! ¿No es maravilloso?
La cara de Pedro palideció de repente... Y ella lo supo... Lo odiaba tanto por haberla abandonado cuando más lo necesitaba... Él la quiso en la salud, pero no en la enfermedad. Por un momento se compadeció de ella misma por haber creído que Pedro era el más valiente de todos los chicos. El siempre se había jactado de ello cuando eran novios. Pero la pena que sentía por él en aquellos momentos anulaba cualquier otro sentimiento que pudiera sentir, con creces...
Las llaves sonaron al caer contra la pequeña mesita que había en la cocina, seguido de un pequeño golpe de la puerta al cerrarse. Se había marchado. Isabel miró instintamente por la ventana de la cocina hacia la calle, como si de verdad lo estuviera viendo marchar, lentamente, con la cabeza gacha. Avanzando entre los árboles del parque... Y de repente sintió sueño. Por primera vez en tantos Domingos tenía ganas de dormir. Se tomó el último sorbo de café, y se dirigió hacia el dormitorio. Dudó un momento. No debía de haber dicho "café para dos"... ¿Le habría creído?
- Todo está bien - dijo en voz alta.
Sí, todo estaba bien. Y aquel Domingo de verano, Isabel durmió hasta mediodía.
lunes, 7 de noviembre de 2011
El tren
Las personas van y vienen en nuestras vidas, y tu te bajaste de mi tren hace ya mucho tiempo. Porque te ibas a otro exprés, lo sé, tocaba, ni te diste cuenta... Tal vez si hubieras sabido que te apreciaba, igual solamente habrías cambiado de vagón. Yo solo dejé de decir "viajeros al tren" y sucedió lo que tenía que suceder. Pero yo sigo echando leña a la máquina, otras personas se van a subir. Y eso también lo sé.
Para Toni.
viernes, 21 de octubre de 2011
En el nombre del nombre
En un año sin enumerar, cuando las personas aún no habían desarrollado el gusto por adueñarse de lo inmaterial —como el tiempo, digamos—, un hombre dejó de responder al llamado de “¡Hey!”, compartido por todos. Quiso para sí un nombre propio; pasando de la nada a ser Adán.
Ahora era especial, único, pero eso de “único” le producía cierto temor por tener que enfrentarse solo al cómo reaccionarán. Buscó a su pareja, que estaba donde siempre, contemplando a una hermosa ave. ¿Eva? Fue el nombre que aceptó.
La minúscula humanidad, encolerizada por la incomprensible traición y desprecio a las costumbres colectivas, lo condenó al exilio junto a su mujer. Tuvieron que abandonar las tierras fértiles e internarse en el desierto. Sin embargo, en lugar de tristeza o preocupación, Adán fue invadido por un entusiasmo apoteósico, dándole vueltas a la idea de crear un pueblo con las leyes y tradiciones que él mismo inventaría. ¿Pero cuál sería el origen de ambos? Eva, con el propósito de que su marido pusiese los pies sobre la tierra, le propinó un codazo en la costilla.
Esta historia es de http://www.nocuentos.com/ Y está escrita por http://www.rafaelrvalcarcel.com/
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