lunes, 27 de enero de 2014
Ella siempre fue la princesa malvada de mis sueños. Esa que me castigaba con solo mirarme, la que me hacía tiritar de pasión con solo rozar su salvaje cabello en mi imaginación. Ella, la que planeó su huída con alguien que no fui yo. Un alguien valiente que supo girar la noria a la velocidad que ella quería, mientras yo, desde fuera, los vi girar y girar, mientras ella reía de aquella manera que me hacía (incómodamente) estremecer.
Esa era mi (nuestra) noria, pero ella ya nunca la quiso parar...
sábado, 2 de noviembre de 2013
El secreto inconfesable
Aquella tarde ella le esperaba en casa. Había solicitado un día libre, para poder explicarle la verdad. Se había puesto, para la ocasión, aquel par de zapatos que él le regalo y tantas veces le reprochó no haberse puesto. Ella era la chica sana, deportiva, aquella mujer que ningún hombre se giraría para mirarla por la calle, cuando iban paseando juntos. La perfecta ama de casa que todo hombre quiso tener.
Con los nervios a flor de piel, se encendió otro cigarillo, a la espera que aquella puerta se abriera y él se encontrara con una mujer totalmente desconocida para él. Pero sí, ésta era otra parte de ella, una parte oculta por miedo a perderlo. Recordaba todas aquellas veces que él le había pedido que cambiara de turno, no entendía por qué tenía que trabajar por la noche. La crisis fue perfecta para agarrarse al turno que más sueldo dejaba a fin de mes.
"Tic, tic, tic" taconeaba ella contra el suelo, cada vez más nerviosa, viendo que la puerta no se abría. Y entonces lo comprendió todo. Supo que él no volvería jamás. Probablemente habría descubierto esos zapatos debajo de la cama en alguna ocasión. Quizá hubiera notado el olor a tabaco en su aliento... o en su pelo.
Era un secreto inconfesable y por, ironías de la vida, lo seguiría siendo.
Se sirvió otra copa de vino. Miró la hora del reloj de pared. Todavía era temprano. Aún podría volver al club esa noche. Y una sonrisa burlona se dibujó en su boca
martes, 30 de abril de 2013
Los zapatitos
Era una casa vieja, fría, de piedra. Sí, fría, al tacto, pero con mucho (como decimos los catalanes) "caliu". Era la antigua vieja casa de mis abuelos, dónde yo había estado de pequeñita, jugando tantos y tantos veranos.
Pero no lo era.
En una de las paredes, había un pequeño hueco, a modo de estantería antigua, dónde habían amontonados, un montón de zapatitos de niño pequeño. Zapatitos de todos los colores, y varios tamaños, pero todos bastante pequeños. Cogí algunas muestras de los mismos, extendiéndolas sobre las palmas de mis manos. Entonces me di cuenta que eran zapatitos sueltos, sin su par correspondiente.
- ¿Y ésto? - pregunto.
Mis padres estaban cómodamente sentados en un sofá, abrazados, y muy sonrientes. Mi padre lucía unas largas patillas, lo que me hace pensar que debemos estar a finales de los años 80. Mis padres son felices, sonríen, se abrazan. Deben de rondar los 40 años.
Pero no, no tenían 40 años.
- Son zapatitos de tu hermano Albert, cuando era pequeño. Me ha hecho gracia ponerlos ahí. Los hemos encontrado y he mandado a tu tío Rafael lavarlos todos para ponerlos en este sitio- dice mi madre.
Mi tío Rafael anda por ahí, pero no consigo verlo. Mis hermanas también están, las dos, pero tampoco las veo.
Yo respiro hondo, muy hondo, y me embriaga ese olor a mis abuelos, a mi niñez. Observo alrededor mío y todo está lleno de recuerdos. Mis abuelos ya no están, lo sé, aunque nadie me lo diga. Alzo la vista y veo unas estanterías llenas de latas de conservas, las conservas que a mi abuela le gustaba tener en la cocina. Esas conservas que en casa de mis padres nunca tenía, y tanto disfrutaba cuando iba al pueblo por verano.
- Mira, si está todo igual, mira esas latas - digo señalando las estanterías.
Mis padres no dicen nada, pero me siguen mirando sonrientes, tranquilos, serenos...
Todo sigue igual, y mis abuelos ya no están allí. Es como si hiciera poco que se han marchado, los dos, juntos. Huele a comidas caseras, a tomate frito, a madera vieja, a orín de gato, a la paja de las sillitas que mi abuelo nos fabricó cuando éramos muy pequeñas. Y toda la casa rezuma a ellos.
Pero no, ya no están. Hace mucho tiempo que no están.
Pero no lo era.
En una de las paredes, había un pequeño hueco, a modo de estantería antigua, dónde habían amontonados, un montón de zapatitos de niño pequeño. Zapatitos de todos los colores, y varios tamaños, pero todos bastante pequeños. Cogí algunas muestras de los mismos, extendiéndolas sobre las palmas de mis manos. Entonces me di cuenta que eran zapatitos sueltos, sin su par correspondiente.
- ¿Y ésto? - pregunto.
Mis padres estaban cómodamente sentados en un sofá, abrazados, y muy sonrientes. Mi padre lucía unas largas patillas, lo que me hace pensar que debemos estar a finales de los años 80. Mis padres son felices, sonríen, se abrazan. Deben de rondar los 40 años.
Pero no, no tenían 40 años.
- Son zapatitos de tu hermano Albert, cuando era pequeño. Me ha hecho gracia ponerlos ahí. Los hemos encontrado y he mandado a tu tío Rafael lavarlos todos para ponerlos en este sitio- dice mi madre.
Mi tío Rafael anda por ahí, pero no consigo verlo. Mis hermanas también están, las dos, pero tampoco las veo.
Yo respiro hondo, muy hondo, y me embriaga ese olor a mis abuelos, a mi niñez. Observo alrededor mío y todo está lleno de recuerdos. Mis abuelos ya no están, lo sé, aunque nadie me lo diga. Alzo la vista y veo unas estanterías llenas de latas de conservas, las conservas que a mi abuela le gustaba tener en la cocina. Esas conservas que en casa de mis padres nunca tenía, y tanto disfrutaba cuando iba al pueblo por verano.
- Mira, si está todo igual, mira esas latas - digo señalando las estanterías.
Mis padres no dicen nada, pero me siguen mirando sonrientes, tranquilos, serenos...
Todo sigue igual, y mis abuelos ya no están allí. Es como si hiciera poco que se han marchado, los dos, juntos. Huele a comidas caseras, a tomate frito, a madera vieja, a orín de gato, a la paja de las sillitas que mi abuelo nos fabricó cuando éramos muy pequeñas. Y toda la casa rezuma a ellos.
Pero no, ya no están. Hace mucho tiempo que no están.
martes, 2 de abril de 2013
Lo que se suponía
Yo he tenido por suerte, o por desgracia (me decanto más por ésto último) la suerte de nacer en una era en que la Televisión te lo mostraba todo, te mostraba todo lo bonito que podía llegar a ser todo. Y cuando hablo de televisión también incluyo todos los medios informativos como revistas, radio....
Y aunque tienes a tu madre, ahí, detrás, recordándote, día tras día, que la vida no es tan fácil como parece, tu la escuchas sí. Pero no quieres procesar esa información porque sabes, crees, que tu vida va a ser mucho mejor. Muchísimo mejor.
Porque lo ves, lo estás viendo con tus ojos a través de esa caja tonta, que, todavía aún no sé porqué, hoy en dia no ha desaparecido. Y empiezas a ver falsas mentiras, y empiezas a ver lo que se supone que debería ser tu vida. Una larga vida de alegrías, éxitos, buenaventuras, y mucha Coca-Cola. Una perfecta vida de familia, con tus adorables hijos y un marido que trabaja para mantenernos a todo, eso sí, sin dejar de sonreir por muy malas que puedan estar las cosas. Una vida laboral fructuosa, compensatoria, con una carrera digna de envidia por parte de cualquier compañero de trabajo, con palmaditas en la espalda y rangos honoríficos. Casa para vivir, casa en la montaña, un perro, dos coches (uno para la mujer, claro, para que pueda contaminar las calles con los humos del mismo a cambio de llevar a los niños al colegio tres calles más abajo de la morada). Pieles perfectas, sin arrugas con el paso del tiempo, los niños como no, listísimos porque se comen todas y cada una de las cosas que anuncian para que sean hasta más inteligentes.
Y, claro, las enfermedades como que no existen. Una pastillita con acetilcisteina de esa, que tan de moda se ha puesto útlimamente, y ale, a correr. Listo en dos días.
Y llegas a tu jubilación con tus hijos debidamente casados, ingenieros, llevando también esas vidas de éxito que papá y mamá han tenido, ¿cómo no? Y entonces tu decides recorrer el mundo con la generosa jubilación que tu gobierno te está dando, para que disfrutes, a los 70 años, que todavía eres muy jóven y te queda mucho tiempo para hacer muchas cosas. Además, todavía no se notan las arrugas. Increible ¿no?
Odio que me digan lo que se supone que debería ser mi vida. Odio que definan al éxito con unos parámetros totalmente falsos muy distantes y al muy poco alcance de todos. La palabra éxito deberían suprimirla del diccionario o que al menos, la tacharan de negativa, porque lo es, lo es , y mucho.
¿Y qué es lo que se supone deberíamos hacer ahora?
Y aunque tienes a tu madre, ahí, detrás, recordándote, día tras día, que la vida no es tan fácil como parece, tu la escuchas sí. Pero no quieres procesar esa información porque sabes, crees, que tu vida va a ser mucho mejor. Muchísimo mejor.
Porque lo ves, lo estás viendo con tus ojos a través de esa caja tonta, que, todavía aún no sé porqué, hoy en dia no ha desaparecido. Y empiezas a ver falsas mentiras, y empiezas a ver lo que se supone que debería ser tu vida. Una larga vida de alegrías, éxitos, buenaventuras, y mucha Coca-Cola. Una perfecta vida de familia, con tus adorables hijos y un marido que trabaja para mantenernos a todo, eso sí, sin dejar de sonreir por muy malas que puedan estar las cosas. Una vida laboral fructuosa, compensatoria, con una carrera digna de envidia por parte de cualquier compañero de trabajo, con palmaditas en la espalda y rangos honoríficos. Casa para vivir, casa en la montaña, un perro, dos coches (uno para la mujer, claro, para que pueda contaminar las calles con los humos del mismo a cambio de llevar a los niños al colegio tres calles más abajo de la morada). Pieles perfectas, sin arrugas con el paso del tiempo, los niños como no, listísimos porque se comen todas y cada una de las cosas que anuncian para que sean hasta más inteligentes.
Y, claro, las enfermedades como que no existen. Una pastillita con acetilcisteina de esa, que tan de moda se ha puesto útlimamente, y ale, a correr. Listo en dos días.
Y llegas a tu jubilación con tus hijos debidamente casados, ingenieros, llevando también esas vidas de éxito que papá y mamá han tenido, ¿cómo no? Y entonces tu decides recorrer el mundo con la generosa jubilación que tu gobierno te está dando, para que disfrutes, a los 70 años, que todavía eres muy jóven y te queda mucho tiempo para hacer muchas cosas. Además, todavía no se notan las arrugas. Increible ¿no?
Odio que me digan lo que se supone que debería ser mi vida. Odio que definan al éxito con unos parámetros totalmente falsos muy distantes y al muy poco alcance de todos. La palabra éxito deberían suprimirla del diccionario o que al menos, la tacharan de negativa, porque lo es, lo es , y mucho.
¿Y qué es lo que se supone deberíamos hacer ahora?
sábado, 22 de diciembre de 2012
Tanto por hacer
Todavía me queda tanto por hacer, tantas cosas pendientes en mi agenda mental, que yo misma me olvido, a veces, de las más importantes.
Me quedan tantos besos y abrazos que regalar. Tantos amaneceres y atardeceres que compartir, que disfrutar. Tantas lunas que ver, y tantos soles a los que sonreir!
Me quedan tantos zapatos de taconazo que probarme, que comprar. Tantas zancadas, con estas largas piernas, que dar. Tanto camino que recorrer con zapatillas, calcetines o descalza.
Me quedan tantos sitios por ver, y tantos sitios a los que quisiera volver a visitar, aquellos que me han dejado casi si aliento con solo mirarlos. Y tantos, tantos kilómetros que recorrer con mi ya viejito coche. Espero que sean muchos más.
Me quedan tantas carícias que regalar a mis gatos, y muchas otras tantas (muchas, muchas más) que recibir por su parte. Y tantas broncas que pegarles cuando han hecho algo que no me ha gustado!
Me quedan tantas personas por ver, pero sobre todo, por conocer. Para compartir, intercambiar, reir, aprender...
Y tantas, tantas fotos que retraten todas esas cosas que, aún, me quedan por hacer.
Me quedan tantos besos y abrazos que regalar. Tantos amaneceres y atardeceres que compartir, que disfrutar. Tantas lunas que ver, y tantos soles a los que sonreir!
Me quedan tantos zapatos de taconazo que probarme, que comprar. Tantas zancadas, con estas largas piernas, que dar. Tanto camino que recorrer con zapatillas, calcetines o descalza.
Me quedan tantos sitios por ver, y tantos sitios a los que quisiera volver a visitar, aquellos que me han dejado casi si aliento con solo mirarlos. Y tantos, tantos kilómetros que recorrer con mi ya viejito coche. Espero que sean muchos más.
Me quedan tantas carícias que regalar a mis gatos, y muchas otras tantas (muchas, muchas más) que recibir por su parte. Y tantas broncas que pegarles cuando han hecho algo que no me ha gustado!
Me quedan tantas personas por ver, pero sobre todo, por conocer. Para compartir, intercambiar, reir, aprender...
Y tantas, tantas fotos que retraten todas esas cosas que, aún, me quedan por hacer.
lunes, 17 de diciembre de 2012
Gastitis aguda
Bienvenidos
a las fiestas más forzadas de la historia. A las fiestas del
consumismo. A las fiestas del comprar por comprar, porque toca. Gastar y
gastar. Es lo que nos han mandado. Ya no sirve reunirse en familia y
comer lo que hay en la nevera. No. Hay que ponerse hasta las trancas de
todo, y cuanto más caro mejor. Pero que, sobre todo, sobre, sobre, y
sobre. Que luego te tengas que tomar un Almax de lo mal que te
encuentras. Bienvenidos a las fiestas del no sé que comprar, y recibir
un regalo inútil que vas a arrinconar ahí, pero sí, agradeces porque te
fue comprado como regalo de Navidad. Gastar por gastar porque la tele lo
dice, los anuncios lo dicen en todas partes, El Corte Inglés lo dice:
"venga, entra, bonito, déjate aquí un cuarto de tu mensualidad, o más,
¿a qué estás esperando? No lo dudes más, emborrégate, y gasta, gasta,
gasta, aunque no sepas por qué". Luces por doquier, las calles
adornadas, arbolitos y adornitos por todas partes. Es que todo invita,
no lo puedo evitar.
La sociedad de consumo es mala, malísima. Pero en estas fechas más. A más gasto, más nivel de satisfación personal. Absurdo.
viernes, 26 de octubre de 2012
DESigual
Me da igual el helado en tarrina o en galleta
No me da igual un helado de fresa que uno de chocolate
Me da igual dormir en sábanas de seda o de algodón
No me da igual dormir sola que acompañada
Me da igual comer macarrones que spaguettis
No me da igual una salsa pesto que una al rochefort
Me da igual agua de colonia que perfume
No me da igual quedarme sin uno de ellos dos
Me da igual llevar o no llevar reloj
No me da igual no saber la hora
Me da igual que la gente que me odia no me hable
No me da igual que éstos sean injustos conmigo
Me da igual tener o no rosas por San Valentín
No me da igual vivir sin amor
Soy DESigual, como mucha, mucha gente....
Pero no estoy segura que esto me de igual...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


.jpg)




